Frase de Heráclito que ha cruzado siglos para contarnos del “movilismo” o cambio continuo. “Todo cambia, cambian las cosas y cambiamos nosotros. Lo único que permanece es el devenir”. Suena tan lógico y a su vez parece tan poco incorporado en la vida de cada uno de nosotros. Siempre aspiramos a lograr la estabilidad. Nos sujetamos a ella y queremos reforzarla para vivirla en forma permanente. Nos aseguramos, en lo rígido. Cuando justamente lo rígido es lo que no se adapta, no se amolda y cuando sucumbe lo hace estrepitosamente. Si incorporáramos mejor el concepto del cambio en nuestras vidas, podríamos descubrir la calma en medio del movimiento. No somos los mismos a los 17, a los 35 o a los 50 años. Nuestras experiencias son cambiantes y debemos aceptarlas. Debemos exigirnos revisar nuestros modelos mentales y cariñosamente desechar lo que no nos sirve, lo no apropiado, lo en desuso. Debemos exigirnos el hábito de una nueva mirada.
El Covid-19, nos ha desafiado develando nuestra inmensa fragilidad. Hemos vivido la incertidumbre, el miedo, el encierro, duelos difíciles. Emociones de amor y de dolor en los apegos. En lo social, es el precio que se debe asumir como un boleto a una nueva forma de organizarnos y estructurar nuestra convivencia. En lo personal, asumir que nada es para siempre, que la vida es hoy. Que hay que encontrar una nueva mirada, para un nuevo período. Para una nueva fragilidad. Como la que tiene el junco. Que con su flexibilidad es capaz de aguantar la peor de las tormentas para luego enderezarse y esperar erguido los nuevos vientos.
